en Azala en plebeya en verano cuando la sesión de Aníbal Cristobo con Claudia Gónzalez Caparrós, y en la de Aníbal con Juan de Salas, traje el concepto de "camarada" tal como lo describe Jodie Dean en Comunismos por venir al internacionalismo de la poesía: alguien que no es necesariamente tu amigx, que no te tiene siquiera que caer bien para con el/la hacer un trabajo colectivo arriesgado y laborioso, necesario y, en su necesidad, más fuerte aún que el vínculo personal que se pueda por este otro vínculo establecer. Casi seguro que la comparación sea exagerada en términos de escala, historia, objetivo, ..., y al fin y al cabo, estamos hablando de unos pocos puñados de personas que dedican un esfuerzo considerable a leer, escribir, compartir, traducir, editar y hacer y mantener público este secreto lujo de la lengua que lo es por cómo lo público y el lenguaje se articulan en nuestras sociedades, sin más recompensa que la espiritual y una red de extrañes conocides desconocides con quienes te vinculan algunos poemas, libros, líneas editoriales, entusiasmos más grandes o más pequeños que lo personal. Y es muy probable que esta comparación desproporcionada se nos venga aún más grande a las que estas alturas tan aturdidas y desmovilizadas del neoliberalismo, tratamos de mantener el fuego constante y persistentemente. Pero es imposible que Aníbal Cristobo no cumpliera con creces el requisito de ser así considerado sin ninguna exageración ni aturdimiento, leyendo, escribiendo, compartiendo, traduciendo y editando en Kriller 71 libros imprescindibles del otro lado del Atlántico que de otro modo no iban a llegar aquí, porque sí, porque teníamos que disfrutarlos, porque otras líneas de poesía que no la oficial y sus retóricas eran deseables o refrescantes o interesantes, y porque por qué no, no hay más razón más desinteresada finalmente para dedicarle tanto rato a la poesía que ninguna, es decir, toda. Hay que estar un poco loco -no en el sentido de salud mental que hoy le damos, sino en otro más ligero y hasta alegre-, pero es que, además, Aníbal era una bellísima persona, amable, buena, respetuosa, dulce, sensible, imposible no amigarse con él a la vez que se hacían las misiones. Siento que se haya ido, y como Fruela Fernández se pregunta por qué hubiera pasado si el mundo hubiera sido al revés y esta poesía que se la juega estuviera un poco más a la vista, un poco menos oculto su hermoso secreto, un poco más apoyada su fuerza delicada, me pregunto qué va a seguir pasando ahora sin toda la parte constante y persistente de amor y militancia poética que Aníbal hacía.
"Eso,
y que una editorial de poesía siempre despierta más interés que una
gran corporación petrolera. O al menos esa es mi sensación cuando, cada
vez que explico que hace un año dirijo el proyecto de Kriller71
Ediciones, alguien me pregunta cómo hago
para mantenerlo, económicamente hablando. El petróleo impulsa a esos
vehículos silenciosos que vemos en los comerciales, justo al borde del
mar, bordados por eslóganes del tipo «feel it»; y la poesía, cuando
condensada, cae en forma de gota en el centro del círculo por el que
caminamos en el desierto — y nos evapora. ¿Qué otra cosa decir, si no?
¿Que mi madre dio a luz sin milagros, siguiendo la planificación urbana
del Río de la Plata, y que, pocos años después, sentí el pulsar de mi
defectuoso QI bajo el llamado de unos versos de Poe que no podía dejar
de repetir? Hay todo un menú de anécdotas disponibles que nos
permitirían ganarlos la simpatía de los principales comisarios
culturales, y esta no es la principal. En
cambio, nos situamos con aquello de «un gruñido casi inaudible y
desafinado entre lo que las voces cantantes proponen para la época»,
como antes las embarcaciones caían de los mapas. Creyendo que la
ampliación del vocablo «nosotros» puede ser suficiente para que el
territorio se haga visible como sitio de encuentro e intercambio. Así
nos va, aunque no sepamos cómo." Aníbal Cristobo, "Nuestro objetivo, como el de cualquier otra guerrilla..", Vallejo & Co, 2013.






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